Mundo Esmeralda
A los dioses siempre les gustó adornarse con piedras y
metales preciosos; por eso, un día cuando aún no había hombres y la Tierra y el
Mar estaban desiertos y tristes, todos los metales y las piedras preciosas se
reunieron en un hoyo en el fondo del Mar porque querían que toda la Tierra y el
Mar se llenaran de su belleza y no sólo los dioses.
El Oro, que es el más noble, dirigía la
reunión y la Plata tomaba los apuntes. Tras largas y agotadoras horas de
debate, al Brillante se le iluminó la cara y dijo:
-Se me ocurre que
necesitaríamos que uno de nosotros tendría que salir a la superficie y
sacrificarse para que le dé su color a la Tierra y al Mar y así todo sería más
bello (y como siempre que hay una buena idea, todos estuvieron de acuerdo).
El
Oro le preguntó:
-Pero,
¿quién crees que sería capaz de hacer semejante cosa?
-No
sé, prosiguió el Brillante, quizás el
Rubí, que tiene muy bonito color.
Al Rubí se le subieron de inmediato los
colores al rostro y poniéndose muy muy rojo rehusó cortésmente la invitación señalando
que él iría detrás de quién deseara el privilegio de ser el pionero.
La Ágata y la Amatista palidecieron
de envidia cuando oyeron nombrar al Rubí primero; pero aun así no se atrevieron
a levantar la mano para autoproponerse; debían disimular sus intenciones de
figurar. Así las cosas, el Ópalo opinó muy tímidamente que quizás sería bueno
que vaya delante la Esmeralda, que se ve linda cuando le da y cuando no le da
la luz.
La nombrada estaba al fondo de la sala,
modestamente sentada y atenta a los acontecimientos cuando todas las cabecitas
voltearon a verla curiosas (y algunas envidiosas, porque nunca faltan) y dijo
que sí si los demás estaban de acuerdo. Pues que sí, que los demás estaban de
acuerdo y más que eso, pues así como el Rubí, otras piedras más aceptaron ir
detrás de la pionera.
Bueno, fue cuando cavaron un camino entre las
rocas que salieron a la superficie al borde de un río, muy de mañana; el Sol
brillaba y el agua parecía hecha de hilos de Plata. Frente a la poderosa luz
del Sol, la Esmeralda se llenó de calor y empezó a cambiar, crecer, estirarse y
a multiplicarse.
Pronto, todo se veía verde, en
muchas tonalidades. Y las otras piedras se subieron sobre la Esmeralda y
coronaron sus esfuerzos agarrándose a ella y exponiendo sus colores. Así
aparecieron las primeras plantas y las primeras flores en el mundo.
Y por eso, en nuestros ríos, aún puedes
encontrar esmeraldas hermosas, siempre dispuestas a dar su color en caso de que
los hombres arranquen todo lo verde que queda cerca. Pero mientras haya verdor
habrá esperanzas de una vida mejor.
ARIEL







