martes, 20 de marzo de 2012

Las hijas de las aguas


Las hijas de las aguas



             Los ríos y los mares, las lagunas y los lagos estaban muy contentos de estar en el Mundo.



-El Mundo es bueno, decían, y nosotros lo hacemos más bello aún. Y eso  era y es verdad.  



            Y un lindo día, a un río le empezó a dar mucho mucho calor y tú ya sabes lo que le pasa al agua si se le da calor: hace vapor y ese vapor forma nubes. Un buen dios sopló sobre el río acalorado para evitar que se siga calentando; pero lo único que conseguía era que el vapor se quedase más cerca del agua.



         Y el vapor empezó a juntarse tanto y tanto que ya el buen dios no veía nada al río acalorado. Soplaba más y más vapor salía y ya no sabía qué hacer. El vapor se seguía juntando y aunque el río no se veía, el vapor también era lindo y si estaba muy apretado se veía blanco y muy bonito.



        El dios juntó el vapor y lo metió en una bolsa grande e invisible, para seguir disfrutando su color; hizo un nudo a la bolsa y la bolsa se fue al Cielo; pero no se perdía, sino que permanecía flotando suave sobre la Tierra y el Sol le daba lindos colores durante el día, y más bellos aún cuando nacía el día o cuando nacía la noche.



       Pronto los demás ríos y todas las otras fuentes de agua del Mundo le pidieron al Sol que las calentase mucho y una vez calientes llamaban a gritos al buen dios para que junte la niebla y la meta en más bolsas y las lance al Cielo.



       Y así los ríos y los mares, los lagos y las lagunas estaban más contentos y orgullosos de producir a sus hijas las nubes, que hacían y hacen más bello y fresco al día y más romántica a la noche.

                                                                                                                                     

                                                                                                                                                          ARIEL






jueves, 15 de marzo de 2012

Prólogo a Mundo Esmeralda y otros Mitos


PRÓLOGO:  

         

La Literatura mágico-religiosa, en especial aquella dedicada a los niños y a quienes tienen el alma de tales, se engalana hoy con la presentación de estos pequeños cuentos y narraciones debidos a la pluma de Jorge Antonio Melgar García, joven escritor y poeta autodidacta a quien tengo el bendito placer de conocer; sencillamente es mi hijo.





          Se suele afirmar que tanto los mitos como las leyendas prefiguran el cíclico destino del hombre. Y es tanto o más verosímil en este caso si nos atenemos a aquellas interrogantes que muchas veces nos asaltaron cuando niños sobre el cómo y porqué de la existencia de las cosas que nos rodean.





          Rasgando de manera brillante la niebla que oscurecía nuestras mentes, el autor nos transporta de la mano por el camino de la fantasía recreando, a través de la humanización de sus personajes, como es que aparecieron sobre  la faz de nuestro planeta las mariposas y las piedras preciosas que hoy lo adornan.





          Apelando al uso de una prosa sencilla y con diálogos directos y claros, esta obra nos permite gozar con la ternura y sencillez de sus personajes, brindándonos a la vez gratos momentos de esparcimiento y solaz como fruto de la ingeniosa narrativa empleada.

















Eugenio Melgar O.


La roca de los dioses


La roca de los dioses



          
        Cuando nuestros dioses eran aún muy jóvenes, apenas niños, y no había en el Mundo nada que los entretuviese, uno de ellos (no recuerdo cuál) se encontró con una piedrita brillante y bonita, que puesta a la luz despedía hermosos colores.


             Se puso pues muy muy contento y rápido fue a enseñarles a sus hermanos, lleno de alegría, aquél prodigio.



         
Los demás dioses se pusieron algo celosos y no faltó quien comentara:

-¡Bah! es sólo un pedazo de carbón, nada más.



            Así pues, la alegría del inicio se tornó en envidia y celos. Se empezó a tramar cómo quitar la piedra y eliminar también al poseedor de ella. Llegó pues la noche y los dioses se disponían a irse a dormir, igual que tú, en su cama de estrellas. Uno de ellos se escabulló de su cama y se acercó hasta la piedrita luminosa, origen de tanto malestar, la cogió con sus dos manitas y se fue corriendo por el Mundo;
















pero en su fuga hizo ruido (seguro se tropezó con alguna piedra de ésas que no dan luz; pero sirven para hacer casas) y los demás dioses se despertaron y empezaron a dar gritos de alarma al ver que la luz de la piedrecita se perdía en el horizonte.



       Emprendieron la carrera lo más velozmente que podían, cada cual por un camino distinto;


pero el Mundo era tan grande, tan grande, que acabaron por perderse y no encontraron el camino a casa, y empezaron a llorar tanto tanto que todos los agujeros del mundo comenzaron a llenarse de sus lágrimas y así, con esa primera lluvia, nacieron los océanos y mares, ríos, lagos y lagunas.











                         En cuanto al pequeño ladrón, se metió en una cavidad de la Tierra donde sus hermanos no lo pudieron encontrar jamás, y dice la leyenda que aún vive allí, que se le puede oír llorar y que sus lágrimas mojan las cuevas, mientras atrae a los humanos con el codiciado brillo de la preciosa roca.

                                                                                                                                                         



ARIEL